Aplica en tus discursos las técnicas de Kennedy

Aprender a redactar un discurso es una tarea apasionante. Tiene detrás una técnica concreta, pero luego necesita pasión para crear un estilo. En mi opinión, […]

Aprender a redactar un discurso es una tarea apasionante. Tiene detrás una técnica concreta, pero luego necesita pasión para crear un estilo. En mi opinión, entre los grandes líderes de la historia reciente, John Fitzgerald Kennedy representa ese estilo propio, conocido y reconocido por todos los le escuchan. En eso consiste la ventaja competitiva de saber hablar bien en público.

En primer lugar, centra la atención en la audiencia. Te diriges a un público concreto, que asiste a un acto (entrega de premios, un seminario o un elevator-pitch). Procura que tus palabras se ajusten al auditorio, de modo que se sientan cómodos con lo que dices: utiliza el vocabulario adecuado, evita las distracciones, sé puntual y ajústate a los tiempos marcados. Un discurso “kennedyano” rara vez supera los 15 o 20 minutos, porque tras ese tiempo disminuye la atención.

Fija una estructura gramatical simple. La sencillez aquí es un acierto, porque la expresión oral es diferente a la escrita. Recomiendo un discurso corto, que emplee oraciones cortas y palabras de uso ordinario. Evita las redundancias, las palabras esdrújulas o los lugares comunes. Todo esto distrae al público. Un técnica habitual es la utilización de la secuencia lógica, la enumeración de puntos que permita al público seguir el hilo conductor. Esta organización del discurso permite estructurar un texto en tres partes: presentación (salutaciones y presentación del tema), nudo (tres elementos esenciales) y desenlace (cierre y conclusión). Dedica tres minutos a cada una de las siete partes y ya tienes los 21 minutos.

Enfatiza las ideas. Un discurso “kennedyano” no es una tesis doctoral ni tampoco un mitin político. Es la transmisión verbal de una o dos ideas con un trasfondo y un contexto particular. Busca y encuentra cuál es la idea que quieres transmitir y dale una vuelta. No emplees un discurso para enumerar tus méritos o centenares de proyectos que tienes en marcha. No es el formato ni, probablemente, el foro. Por eso, te sugiero que analices por qué razón te han invitado a dar una charla, concretes una idea y la exprimas hasta que no quede nada en ella. Si eres capaz de dar un mensaje con un eslogan, impactarás en la audiencia de formar definitiva. Recuerda aquel Ich bin ein Berliner (Yo soy un berlinés):

Lee el discurso en voz alta una y otra vez. Ensaya. Prueba. Corrige. Vuelve a empezar. La particularidad de la transmisión oral consiste en que la audiencia recibe de forma pasiva ideas. Por eso, recuerdo la necesidad de simplificar. Busca un ritmo que permita la asimilación de las ideas. En retórica, es común el uso de la aliteración, la repetición de estructuras, palabras o sonidos. Un truco común es comenzar las oraciones con “y” o “pero”. Por escrito, no resulta muy estiloso. Por el contrario, con el verso corto, te ahorras los puntos y las comas, al tiempo que permites dotar de más intensidad o pausa a una parte del discurso.

Busca la palabra exacta. Si te han invitado a dar un discurso, aprovecha la oportunidad para reflexionar sobre tu profesión o tu proyecto. Huye de los tópicos y de la grandilocuencia. A menudo, las palabras sencillas transmiten bien las ideas, los proyectos, los sentimientos. Personalmente, me cansa escuchar un discurso suntuoso, en el que el autor hace ostentación de su gran conocimiento de “palabros” de moda, de dinamismo o creativo. Usualmente, este tipo de discursos suele tener escaso contenido y poco o ningún impacto en la audiencia.

Cuida la estructura. Escribe primero un borrador de las ideas más relevantes. Comparte ese documento con tu círculo de confianza y prepara un esquema visual. Procura encontrar el hilo conductor alrededor del cual puedes trabajar. Posteriormente, escoge una única idea que sea novedosa o significativa. No tiene que coincidir con el eslogan, pero sí estar muy vinculada. Piensa que la audiencia recordará muy poco, así que procura que sea la idea que tú quieres. Facilita el titular, el tweet o el recuerdo. Bebe de fuentes poéticas: a menudo otros han escrito por nosotros aquello que queremos decir. Puede ser Quevedo, Gil de Biedma o  la web Acción Poética. Todo vale para buscar la inspiración, pero recuerda citar al autor original. En el cierre repite lo que ya has dicho, concluye y anima al auditorio a continuar la conversación.

Emplea las tecnologías. Twitter es un aliado para los discursos. Estoy convencido de que Kennedy hubiera sido un gran “tuitero”, capaz de sintetizar ideas y conceptos en 140 caracteres. Cuando finalices tu discurso, publícalo en el blog de tu empresa (o en el personal) y redistribúyelo en Twitter.

Con estas ideas, ya tienes certificada la técnica “kennedyana”: ahora es tiempo de pasar a la acción.

Foto: thesmuggler-Night of Swalow

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