42 deseos de verano y una reflexión sobre vacaciones y culpa

Desayunar una rodaja de sandía recién sacada del frigorífico; oler el jazmín después de haberlo regado; conducir muy despacio; familiarizarme con las utilidades de Snapchat; […]

Desayunar una rodaja de sandía recién sacada del frigorífico; oler el jazmín después de haberlo regado; conducir muy despacio; familiarizarme con las utilidades de Snapchat; sonreír todas las mañanas; sonreír todas las tardes; leer El fin de los medios de comunicación de masas de Jeff Jarvis… Tengo grandes planes para este verano.

Remolonear unos minutos en la cama antes de levantarme; pasear descalzo por la orilla al caer la tarde, hacerlo en silencio; hablar con ella; leer el periódico en papel y saltarme la sección de política nacional; observar a mis hijos cómo  juegan; enterrarlos en la arena y subir una foto a Instagram; no mirar el correo electrónico, bueno… no mirar el correo electrónico más de dos veces al día. Este verano quiero desconectar y desconectarme.

Quiero pasar unos días con mi madre; levantar mi cara hacia el sol con los ojos cerrados hasta ver estrellitas; conocer la casa frente al mar de mis amigos Gloria y José -¡por fin!-; comerme una nécora con Carmen; acabar la Trilogía del Baztán de Dolores Redondo; montar muchos días en bicicleta y hacer un alto en la ruta para tomarme una horchata. Pero sobre todas las cosas, este verano quiero reír mucho.

No quiero hacer planes de futuro; programar las actividades del día siguiente; olvidarme de los refugiados; hablar del Brexit; pronunciar las palabras ‘no puedo’ y ‘prisa’; pensar en los peros y los porqués; comer demasiados hidratos de carbono; mirar el saldo de la cuenta corriente; sacudir la arena que se cuela entre las páginas del libro (me encantará recogerla este invierno cuando caiga sobre la mesa de trabajo). Pero sobre todas las cosas no quiero enfadarme: ni un minuto.

Tengo planes de sentarme con mi chica a altas horas de la madrugada a ver La gran apuesta de Adam McKay y hacerlo en versión original; nadar con los niños hasta muy profundo en el mar y ver cómo nos llaman al orden  desde la orilla; bailar a todo volumen Restless de New Order; echarme la siesta sumergido en el quejido de Benjamin Clementine; tomarme una cerveza con Carlos y Manuel en el primer chiringuito que encontremos en nuestro encuentro veraniego; estrenar la barbacoa de mi hermano.

 

¿Son las vacaciones un lujo?

Estoy convencido de que la verdadera felicidad tiene mucho de equilibrio. De disfrutar de pequeños gestos diarios, de conformarse pero no resignarse, de caer en la contradicción de querer y no poder, de poder y no querer. Por eso este verano solo tengo planes para vivir.

Confieso que en mi caso no son muchos días, y además necesito una planificación de semanas para poder dejar todo organizado. No me lamento de esta servidumbre del autónomo, pero tampoco puedo consentir que tras once meses de duro trabajo alguien lo presente como una prebenda injustificada.

Me preocupa que algunos quieran hacernos sentir culpables de nuestro descanso, ¡poco habríamos progresado si llegados a este punto tuviéramos que cuestionarnos las vacaciones!

Sin embargo, en los últimos años no cesa un runrún que pretende convertir en un lujo social estas semanas de inactividad, como ya ocurre en otras latitudes. No sé dónde se originó, pero llegadas estas fechas siempre se puede escuchar cómo alguna voz cualificada siembra de sospechas el derecho a la vacación.

El que más me incomoda es el comentario de a pie, esos que celebran mis vacaciones como si de un privilegio de casta se tratara: ¡ni que me fuera a encerrarme en la dacha familiar durante tres meses, ya me gustaría tener la suerte de los afortunados protagonistas de Chéjov! Luego hay otros a los que parece incomodar la indolencia con la que planeo este tiempo: comprendo (aunque no entiendo) a esos activos profesionales que necesitan mantener su actividad los siete días de la semana durante los doce meses del año, pero no creo que tengan derecho a imponerlo. Ni tan siquiera a intentar hacernos sentir culpables.

Por eso este verano nadie va a impedir que busque la sombra de los álamos de camino al río; que desayune leyendo las aventuras de Cornelia Weber-Tejedor en Si no, la matamos, la última entrega de Rosa Ribas sobre su singular comisaria; que me siente frente al mar a contar olas; que visite la exposición Campo cerrado en el Reina Sofía; que les diga cuánto les quiero.

Ya lo dije, tengo grandes planes para este verano, me lo merezco, nos lo meremos todos. Felices vacaciones.

 

Foto: Pixabay

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