Manual de supervivencia para equipos

En este artículo quiero explicar por qué soy un firme defensor de algunas técnicas contrastadas a lo largo de Historia con las que suelo trabajar […]

En este artículo quiero explicar por qué soy un firme defensor de algunas técnicas contrastadas a lo largo de Historia con las que suelo trabajar a menudo para construir equipos de alta madurez. Sobre ellas acometo momentos clave de transformación cultural, personal y profesional. Mi intención hoy es detallar qué me ha llevado a experimentar con éxito dichas técnicas en innumerables momentos de mi vida. Es importante destacar que todas ellas resultan infalibles.

Hacerme el tonto

A lo largo de mi vida hacerme el tonto me ha ayudado mucho más que hacerme el listo. No tengo ninguna duda sobre esto. Hacerse el tonto es de hecho la mayor técnica de supervivencia inventada por el hombre. Por lo general y por defecto a nadie le gusta ser aleccionado y a nadie le interesa en un primer momento lo que tú puedas saber. Sin embargo, por lo general a todos nos gusta destacar o sentirnos reconocidos. En contra de lo que la mayoría de personas e instituciones piensan, sostengo que en negocios lo que distingue a una persona completamente idiota de otra respetable no se halla en su conocimiento, en su experiencia o en sus títulos. Lo que les distingue es que el idiota siempre ve oportunidades para ser él mismo y la persona respetable siempre crea oportunidades para dejar a los demás que sean ellos mismos.

Divertirme

Mi rendimiento cuando no me he divertido en el trabajo ha sido siempre lamentable, sin excepción. En algunos momentos me ha generado además un nivel de rechazo y frustración que me resultaba difícil de asumir. En aquellos trabajos en los que me he divertido y he podido hacer que otros se diviertan, he sido realmente productivo y he sentido que generaba enormes beneficios para mi equipo y mi compañía. Levantar un negocio con rigor pero de forma amigable y divertida es como estar saliendo cada día por primera vez con una chica. Cualquier momento puede ser una excusa para convertirse en algo mágico y memorable.

Ser yo mismo

Jugar a ser uno mismo es uno de los pocos juegos en los que no existe perdedor. Hacer cualquier otra cosa implica siempre un elevado riesgo y una falta completa de dominio y de conocimiento. Ser natural es la apuesta más segura que he realizado a lo largo de mi vida. Incluso en las más importantes conversaciones con clientes o con mi larga colección de suegros, jamás me he permitido parecer otra persona. No obstante, he comprobado que la opción de vender aquello que no eres también es posible. Pero siempre inmediatamente después he comprobado que es totalmente imposible simular por mucho tiempo aquello que no eres. Ni siquiera los grandes actores aguantarían una vida entera representando la misma obra. Como apunte añadiré que ninguna persona es tan tonta como los equipos de venta presuponen. La autenticidad es fácilmente comprobable con el tiempo.

Compartir lo que pienso

Vivo en un pueblo de la montaña de 2.600 habitantes en el que las personas se saludan si se cruzan por la calle y en el que todos conocen el nombre del vecino. Incluso en este contexto suelo decir lo que pienso sin ir más allá de lo que realmente necesito compartir. Esté de acuerdo o no con algo, compartirlo siempre me ha hecho crecer. Aún a riesgo de no contentar a muchos, creo que no pensar en consecuencias indirectas de lo que pueda o no pueda decir es algo saludable. Para los demás y para mí. Lo que nunca resulta saludable es permanecer al margen de la vida bajo el pretexto de no ofender a nadie. La vida, ya sea personal o profesional, es algo que va de relaciones y aprendizaje. Ninguna sociedad de este planeta se ha levantado sobre el silencio comedido de las masas, más bien toda nuestra humanidad es la suma de aquellos que comparten lo que piensan.

Escuchar a los demás

Sin duda me ha resultado tremendamente útil, rentable y barato escuchar a los demás. De hecho creo que estamos demasiado llenos de nosotros mismos y a menudo no dejamos espacio para otros. Montamos grandes estructuras y casas convencidos de que tenemos razón. Sin embargo, cada día a mí me gusta más conocer la casa de los otros. Mantener una conversación es construir un discurso común a partir de las aportaciones de los demás. Si cada vez que alguien interviene estoy pensando en cómo me defenderé después, asisto a un encuentro de boxeo. Puede ser interesante, pero pocas veces constructivo.

Ser sencillo

El amor por las metodologías y por los sistemas altamente integradores ha costado enormes cantidades de dinero a las empresas. Todo crecimiento tiene ciclos y todo ciclo acaba y es necesario asumirlo. Cuando resulta muy complicado quedar con una chica, el mensaje es claro: no quiere quedar. No es algo malo ni bueno, simplemente ocurre y puede o no que estemos preparados. Asumir que no podemos controlar todas las variables y orientar nuestras acciones de forma sencilla sobre aquello que está en nuestra mano es también una de las claves de madurez en cualquier equipo.

No hacer grandes planes

La improvisación está infravalorada. Un equipo que confía en sí mismo es capaz de todo. DE TODO. He visto a chavales de 20 años replicar a gurús sin apenas inmutarse. En la mayoría de las organizaciones la estrategia es algo sólido, no suele ser flexible y suele estar orientada a largo plazo. Se planifica de arriba abajo tomando decisiones que afectan a personas a las que conocemos poco o nada. No hagas grandes planes, limítate a fijar objetivos realizables. Me extraña comprobar a diario cómo la mayoría de proyectos construyen grandes planes perdiendo mucho tiempo para luego emplear esos grandes planes en recuperarlos. El puente de mi pueblo no es una gran obra de ingeniería pero lleva siendo útil 120 años.

 

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