¡No tengo tiempo!

En una encuesta sobre el clima social en España realizada hace ahora un año por Metroscopia para el diario El País, se preguntaba a los encuestados qué les faltaba en […]

En una encuesta sobre el clima social en España realizada hace ahora un año por Metroscopia para el diario El País, se preguntaba a los encuestados qué les faltaba en su vida y se les daba cuatro posibles respuestas: dinero, amor, salud o tiempo. Tenían que escoger una sola, por lo que el resultado medía fundamentalmente la importancia relativa. Pues bien, algo más del 39% de las personas con edades entre 18 y 34 años contestaron que les faltaba tiempo. En el caso de las personas de entre 35 y 54, el porcentaje que manifestaba que les faltaba tiempo fue de un 30%.

Si esta encuesta se hubiera realizado entre pequeños empresarios y emprendedores, estoy segura de que el resultado se habría disparado aún más. En mi experiencia diaria, las frases “es que no me da la vida para todo lo que tengo que hacer” o “no tengo tiempo para eso” son casi un clásico.

En la base de esta situación probablemente esté que el paradigma de la gestión del tiempo ha cambiado radicalmente y nadie nos ha enseñado cómo enfrentarlo ahora. Hemos pasado de un entorno en el que la gestión del tiempo ha estado vinculada al concepto tradicional de productividad (tiempo x cantidad de producto) a un contexto en el que nos toca trabajar con otra cosa menos tangible: el conocimiento. Somos gestores de conocimiento e información. Ahora más que nunca debemos gestionar nuestras acciones, porque son determinantes para alcanzar nuestros objetivos.

Gestionar el tiempo es una habilidad clave tanto en el ámbito laboral como en el personal

Si aceptamos, como dice Mario Alonso Puig en su libro “Vivir es un asunto urgente”, que “donde pongas tu tiempo estás poniendo tu vida”, aceptaremos también que el incremento de nuestra productividad personal no sólo mejora la cuenta de resultados de nuestra empresa sino que también aumenta nuestra satisfacción y equilibra la vida laboral y personal.

Cuando una persona siente que es capaz de gestionar adecuadamente su tiempo y que atiende correctamente los aspectos más importantes de su agenda suele sentirse más satisfecha, y la satisfacción hace que su trabajo sea más productivo. Es decir, estamos ante un círculo virtuoso perfecto en el que la satisfacción genera productividad que al mismo tiempo genera satisfacción. Merece, por tanto, la pena hacerlo bien.

El enemigo público número uno: la procrastinación

La procrastinación es la tendencia que casi todos tenemos (de hecho, el 90% de las personas la practicamos habitualmente) a dejar de hacer o retrasar tareas relevantes sin necesidad y sustituirlas por algo menos importante. Es, sin duda, la principal causa individual que frena el despliegue de la productividad en la sociedad del conocimiento. El gran problema de esta tendencia es su invisibilidad. No hemos aprendido a distinguirla y, por ello, tendemos a confundirla con la pereza, la despreocupación e incluso con la falta de involucración.

Existen algunas herramientas para intentar romper esta inercia, pero no son mágicas y deben estar enmarcadas en un compromiso real de cambio. Suelen concentrarse en superar el comienzo de la tarea: es el momento más crítico, porque una vez que se ha empezado la tarea suele resultar más fácil continuarla. A partir de ahí, la clave suele estar en ejecutar la tarea en fases asignando a cada una un tiempo limitado.

Prioriza

Steven Covey lo deja muy claro en su libro “Los 7 hábitos de la gente altamente efectiva”: “First things first”. O lo que es lo mismo, prioriza. Céntrate en lo importante, en lo que realmente aporta valor, antes que en lo urgente y jerarquiza tus objetivos. Es imprescindible aceptar que no todo lo que nos llega sin más tiene que hacerse. En muchas ocasiones es necesario decir que no y dedicar nuestro esfuerzo y energía en nuestras prioridades más importantes.

Covey sugiere que nos ocupemos en primer lugar de aquellas tareas que son importantes y urgentes; que decidamos cuándo queremos abordar las que son importantes pero no urgentes; que deleguemos las que son urgentes pero no importantes y que no hagamos las que no son importantes ni urgentes.

Parece sencillo, ¿verdad? Puedo asegurar que la cosa se complica cuando llega la hora de ponerlo en práctica, pero ¿quién dijo que la vida sea fácil?  

Foto : © nafra cendrers, distribuida con licencia Creative Commons BY-2.0.

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