La precariedad de los trabajadores del futuro o la ética hacker

Algunos afirman, con un cierto tono apocalíptico, que la globalización y la mercantilización de las relaciones laborales están provocando una elevada flexibilidad de las condiciones laborales, la externalización de muchas […]

Algunos afirman, con un cierto tono apocalíptico, que la globalización y la mercantilización de las relaciones laborales están provocando una elevada flexibilidad de las condiciones laborales, la externalización de muchas funciones, temporalidad y autoempleo. El incremento de la vida laboral, trabajar hasta casi el final de nuestros días es una de las peores consecuencias de las nuevas tendencias laborales, solo superada por el  ajuste constante entre demanda y oferta que provocarán una elevadísima obsolescencia profesional en un nuevo mercado laboral caracterizado por su precariedad y por expulsar constantemente a más profesionales a un paro cada vez menos protegido y más insolidario en un entorno de inseguridad constante.

Otros afirman, con un cierto tono espiritual, que ha llegado el momento de la liberación, de dejar de ser títeres en manos de otros, pues ahora se dan las circunstancias que permiten el diseño activo de la propia vida laboral. Emprendedores o microempresarios son  protagonistas de esta una nueva realidad laboral donde por fin se puede asumir la responsabilidad de “tu carrera” y aprendizaje laboral. Hablar del trabajo es hablar de pasión, trascendencia o sentido de por vida. Se habla del trabajo como fuente de felicidad y autorrealización como valores que asumen cada vez más las nuevas generaciones, que quieren “quitarse las cadenas de la seguridad” del trabajo rutinario y precario que ofrece nuestra decadente realidad laboral actual.

 Tesis 1: La precarización como nuevo sistema de explotación

El trabajo, nuestra forma de generar ingresos, que nos da la posibilidad de tener una vida digna, está amenazado muy seriamente por nuevas formas que buscan “liberalizar el mercado laboral”, para que las empresas puedan asumir mayor competitividad en un mercado muy globalizado, donde las condiciones las impone la economía “del más pobre”. Un entorno donde el trabajo puede ser deslocalizado y donde la tecnología, especialmente la informática, tal como señala Riffkin en “El fin del trabajo”, reduce el número de efectivos y produce la substitución hombre-máquina.

La lenta decadencia de Europa frente a las economías emergentes es un tsunami al que se intentó poner una pared de frágiles ladrillos con la Estrategia de Lisboa del 2000, cuyo objetivo era convertir a la Unión Europea en la economía del conocimiento más dinámica y competitiva del mundo. Una pared especialmente frágil en las economías del sur de Europa, donde los estados no han apostado por una formación y políticas de innovación y sectoriales de calidad.

Además de un elevado paro en numerosos nichos de la población, especialmente en la menos formada y menos “digitalizada”, por un desajuste entre oferta y demanda, esta presión por los costes laborales está provocando una elevada precariedad de las relaciones laborales, cuyos principales síntomas son contratos temporales sistémicos, contratos a tiempo parcial que obligan a acumular trabajos, contratos de proyecto o empleados freelance.

Pero además se pueden vislumbrar nuevos fenómenos igualmente preocupantes, como el incremento de las edades de jubilación y de los trabajos de por vida. O la necesidad de pluriempleo en personas ocupadas a tiempo completo para incrementar ingresos, el aumento de “autoocupados”, trabajo irregular y la movilidad del talento, especialmente del más joven, global y preparado que puede “enriquecer” o “empobrecer” regiones o países.

Se está configurando un entorno laboral cada vez más dual, más exigente, al que muchas personas no podrán adaptarse y que es previsible que cada vez afecte a más personas y sectores económicos e incluso a las Administraciones Públicas, presionadas por criterios de eficiencia, las últimas que probablemente verán cómo el trabajo para toda la vida laboral es ya algo del pasado.

Un nuevo lenguaje como ‘flexiseguridad’, resilencia, flexibilidad empresarial o emprendeduría busca orientar a esta nueva masa de trabajadores afectados por la precarización y dar legitimidad a la pérdida de derechos laborales, provocada por la ausencia de “políticas protectoras” y de “inversión en capital humano y en clusters innovadores” en una Europa que está deteriorando de forma paulatina su estado del bienestar.

Tesis 2. La ética hacker y la pasión por la libertad

La denominada “Segunda economía” (de Brian Arthur) o “digitalizada”, además de incrementos brutales de productividad, está creando nuevos puestos de más valor añadido y de una mayor complejidad. La aceleración del cambio tecnológico y la hiperconectividad provocan una aceleración en el cambio de los procesos productivos y en los modelos de negocio en numerosos sectores empresariales, que ofrece enormes oportunidades para nuevos trabajadores con cada vez de mayor capacidad creativa e innovadora. El futuro de Europa es digital: una enorme oportunidad para el talento.

Lynda Gratton, en Prepárate: el futuro del trabajo ya está aquí, nos habla de cómo estos fenómenos producen un cambio de pacto laboral que antes era tiempo por dinero, a otro de trabajo por sentido, siendo una de sus conclusiones que  “quien quiera un trabajo deberá inventarlo a su medida”.

El trabajo no solo es nuestra forma de generar ingresos. El trabajo contribuye a crear nuestra identidad y nuevos valores cobran importancia. Los aspectos intrínsecos del trabajo ganan frente a los aspectos extrínsecos (retribución, horario, condiciones…). Los denominados valores postmaterialistas, como muestran las escalas propuestas por Inglehart en las sucesivas encuestas de los últimos 30 años, avanzan en nuestros países, y de forma más veloz en las nuevas generaciones…

Las empresas mayoritariamente no podrán satisfacer las necesidades de desarrollo de sus profesionales. Profesionales que buscan una recompensa emocional, fruto de vincular trabajo y propósito en un proceso que ellos quieren dirigir.

Para muchos de estos nuevos trabajadores, su principal objetivo será ganar independencia y romper las relaciones laborales, tener más flexibilidad para el aprendizaje y asumir la responsabilidad de su propia biografía laboral. Es lo que se denomina la ética hacker: aquel que trabaja con gran pasión y entusiasmo por lo que hace.  La ética hacker se contrapone a la ética weberiana  del esfuerzo. La ética del trabajo para el hacker se funda en el valor de la creatividad y consiste en combinar la pasión con la libertad. El dinero deja de ser un valor en sí mismo y el beneficio se cifra en metas como lo social, la transparencia o la franqueza.

Estos nuevos profesionales, “artesanos”, en palabras de  Sennet, son dirigidos por un impulso duradero y básico; el deseo de realizar bien una tarea, centrando su dedicación en aprender y desarrollar las habilidades para crecer como un trabajador competente, pero que aprecian más que nada su libertad y autonomía en torno a un proyecto profesional personal.

En una economía dual donde las empresas querrán a trabajadores de alto valor añadido, este tipo de profesional podría ser muy apreciado, pues la trascendencia que le da a su trabajo y a su formación lo hace un trabajador brutalmente competitivo. Pero a menudo rechazará una vinculación laboral estable, rechazará la trampa de la falsa seguridad del contrato laboral, pues no quiere dejar su vida en manos de otros: cree que el “feudalismo laboral”, un fenómeno de épocas pasadas, ofrece un precio demasiado bajo para sus sueños.

Foto @Hape Gera, distribuida con licencia Creative Commons BY-2.0

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