Trabajadores difíciles: la ‘mala saña’

No es infrecuente que en conversaciones entre pares, para referir el mal genio de alguien, se diga que tiene “mala leche”, una expresión con la […]

No es infrecuente que en conversaciones entre pares, para referir el mal genio de alguien, se diga que tiene “mala leche”, una expresión con la que se intenta dar a entender que las relaciones con dicho sujeto no son fáciles, en alusión a un temperamento implosivo o irascible, debido quizá a su (mal) carácter o tal vez en referencia a su baja inteligencia emocional y falta absoluta de empatía. Y, desde luego, a sus deficientes dotes comunicativas.

No es lo mismo decir de alguien que tiene “mala sombra”, lo que refiere malas intenciones, propósitos dudosos o desviados, que decir de alguno/a que tiene “mala saña”, un epíteto que connota muy mal carácter independientemente de la intencionalidad, buena o mala, que se tenga. Cuando en las interacciones diarias alguien hace gala de su mala saña, deja claro que la empatía no es una habilidad que considere para ponderar sus relaciones con los demás a quienes, por otra parte, demuestra que no tiene respeto alguno.

En efecto, la mala saña es un eufemismo que hay que decodificar en términos de violencia. Violencia pura y llana, disfrazada o no, pero violencia al fin, encubierta o no, cuya principal nota de color es la brusquedad, una manifestación excesiva y desproporcionada respecto del estímulo que supuestamente provocó la repentina reacción. Una manifestación que sabemos que tiñe de aspereza toda relación, que cortocircuita las interacciones, que las destruye.

Los “mala saña” saben por experiencia que su falta de freno debilitará su poder de convocatoria y que su falta de cordialidad ocasionará un efecto de rechazo, como también es sabido, por unos y otros, que la mala saña tiene mala prensa, que es una manera de ser que comporta muy mala imagen, como se ha encargado de exponerlo -por activa y por pasiva- la industria del management, que encontró un nicho de mercado en los programas de desarrollo de habilidades. Pero también, sin que sea necesario aducir la regulación formal de los comportamientos en las empresas, los “mala saña” perciben que en los trabajos existen sutiles mecanismos sociales de inhibición que les impiden dar rienda suelta a sus naturales explosiones de ánimo, pues suelen ser sujetos proyectivos que han adquirido el subterfugio defensivo de trasladar al exterior su mal carácter; habitualmente incubado en percepciones erróneas, en supuestas amenazas latentes, en interpretaciones alejadas de la objetividad. Y, seguramente, como reacción a su mal sentirse interior. Todo lo cual no es ni más ni menos que una forma de agresión.

Si la principal nota de color de estos mal encarados es la brusquedad con que se manifiestan, otros indicios permiten identificar a estos sujetos rencorosos y crueles, por más que traten de disfrazar su carácter violento. Son hirientes en sus manifestaciones, utilizan expresiones despreciativas, arman su enojo mediante alusiones dañinas, operan con argumentos cáusticos y recurrentes, deslizan referencias mordaces, no moderan su rencor. Dan muestras de un comportamiento vejatorio que lesiona la autoestima de aquellos que son objeto de su ira.

No es infrecuente que los “mala saña” sean los productores de una confrontación. Su falta de naturalidad en las relaciones les lleva a callarse, su fantasías sobre la amenaza que representa alguien cercano suele cebarse en quienes les inspiran animadversión, justificada o no, su acallamiento de asuntos por los que se sienten acechados, discrepancias no expuestas en el momento oportuno, su incapacidad para expresar cómo se sienten en espera de ser interpretados, sus inferencias infundadas son las que terminan traduciéndose en imágenes causales que se transforman en profecías que invariablemente se autocumplen dando lugar a la explosión de ánimo; que frecuentemente está fuera de lugar y toma desprevenidos a quienes son objeto de tan repentina implosión. El silencio reprobatorio es un arma a su servicio que suelen utilizar para persistir en su razón, una vez ha sucedido el enfrentamiento que ha indispuesto a ambas partes, confrontándolas en el futuro más inmediato.

En abierta discusión los “mala saña” no son capaces de moderar su rencor y pierden de vista la objetividad de los hechos, acontecer del que tienen la habilidad de excluirse o, a lo sumo, de aceptar en parte no esencial. Ahogados en su solipsismo, no prestan interés alguno a las manifestaciones de quienes les refutan, les hacen ver o les dan explicación o se confiesan sorprendidos, pues irrumpen sorpresiva y sumarísimamente, eso sí, después de haber incubado sus conclusiones sin otro aval que no sea su exclusiva adición de minucias inferenciales, fruto de un dilatado proceso de gestación. El silencio acusatorio es una herramienta arrojadiza en sus manos, que sucede a la confrontación, en abierta actitud para denotar rechazo, desprecio y ruptura, lo que augura un porvenir relacional quebrado y difícilmente recuperable.

Por lo expuesto y aunque sea una característica más o menos universal, aunque por fortuna no tan frecuente, en los trabajos es más fácil que los “mala saña” abunden entre quienes se sienten más respaldados y por ello entre quienes ostentan mayor poder formal, pues esta manera de producirse tiene sus propias fórmulas para que se tolere su expresión y tales licencias no suelen estar al alcance de quienes podrían ser llamados al orden y retirados con severidad por demostrar un comportamiento violento; lo que tampoco evita que entre pares no puedan presentarse situaciones más o menos sibilinas que violentan las relaciones.

El problema en los trabajos es que los mandos que violentan no son seguidos, los pares que no respetan no encuentran colaboración, las personas que desprecian son evitadas. Antes o después, y a tenor de la frecuencia, estas situaciones enquistadas terminan minando y rompiendo por algún sitio, ya sea en términos de despido, dimisión o abandono; o para unos o para otros.

Si el desarrollo de habilidades personales es un tipo de entrenamiento que puede contribuir a suavizar manifestaciones automatizadas y aporta nuevas estrategias de afrontamiento basadas en el diagnóstico de los estilos individuales, en la adquisición de una nueva visión y en el aprovechamiento de técnicas de comunicación interpersonal y en la aplicación de la escucha activa, su efecto es ciertamente limitado, pues el mal genio excesivo tiene su origen en el carácter, forma parte de la personalidad del sujeto, se ha instalado en su temperamento y constituye parte de su repertorio actitudinal. Así, reconducir la mala saña en favor de la mayor productividad de las relaciones pasa por abrazar nuevas actitudes, lo que no es posible mientras que el sujeto no sea capaz de asimilar nuevos horizontes y se proponga íntimamente cambiar su estilo personal; un asunto que topa con fuertes resistencias, toda vez que significa poner en cuestión la propia forma de ser y supone asumir culpas pasadas y elaborarlas. Un doloroso proceso que pocos están dispuestos a afrontar para reconstruirse.

Mentores y coach tienen un papel fundamental que jugar aquí, en el caso de profesionales competentes, expertos y productivos cuyo valor, a pesar de su mal talante, es objetivamente ventajoso, lo que no debe inducir a pasar por alto su intemperancia y el daño que puede causar en otros.

Imagen @Victor1558 distribuida con licencia Creative Commons BY-SA 2.0

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