Catalizadores creativos

La introducción de la creatividad en la empresa es todavía una rara avis en nuestra cultura y, por ello, cuando una organización decide incorporar este […]

La introducción de la creatividad en la empresa es todavía una rara avis en nuestra cultura y, por ello, cuando una organización decide incorporar este valor a su entorno, el resultado no es siempre el esperado.

Las razones son variadas y complejas. Falta de entrenamiento y formación sobre el tema, carencia de liderazgo y responsabilidades, un clima laboral no apto para la creación de nuevas ideas, falta de comunicación y organización, etc. Como vemos, no se trata de algo único, sino de un complejo de factores que debilitan y frenan el proceso creativo empresarial. Pero si pudiéramos simplificar el problema, nos daríamos cuenta de que el factor con más responsabilidad es quizá la falta de una nueva visión hacia la empresa, es decir, una especie de rutina incrustada en los trabajadores que son ya incapaces de ver otras formas de trabajar, pensar y actuar. Ello es debido al tiempo prolongado haciendo las cosas de una determinada forma. Cuando llevamos años pensando y actuando de cierta manera, es muy difícil hacerlo de otra. Digamos que ya tenemos cierto hábito creado.

En este tipo de casos, si queremos ganar la batalla a esos inhibidores asesinos de la creatividad, nos hará falta una ayuda exterior. Al igual que el deportista cuenta con productos que le ofrecen energía extra para conseguir sus objetivos, el trabajador también puede beneficiarse de un catalizador para los suyos.

Un catalizador es una sustancia que acelera o retarda, según sea positivo o negativo, el proceso en una reacción química. El concepto es tan potente en sí mismo que sería poco inteligente desaprovecharlo para el estudio y la comprensión de la creatividad.

Así pues, podríamos hacer una analogía entre el mundo de la química y el de la creatividad empresarial. Si pudiéramos conseguir el catalizador que acelerara la creatividad en nuestra organización, sería perfecto. Estoy convencido de que existe ese catalizador y de que no es uno sino varios.

El que yo propongo aquí tiene que ver con la introducción de una nueva visión en nuestra organización. Para ello propongo hacerlo literalmente, es decir, introducir a personas ajenas a nuestro entorno laboral en la organización, para beneficiarnos de sus nuevos e inocentes puntos de vista.

Está demostrado que cualquier persona que ve algo por primera vez lo analiza mejor que alguien que lo tiene delante desde siempre o hace demasiado tiempo. Es lo que sentimos cuando tenemos invitados de otras ciudades o países en nuestra casa y perciben detalles en los cuales nosotros nunca habíamos reparado. Su visión es un regalo si sabemos aprovecharla. Lo mismo puede ocurrir en el mundo laboral. Las personas que trabajan diariamente en una empresa están tan habituadas que ya no ven las posibilidades que tienen delante. Gracias a una figura externa, “descondicionada” por la novedad del entorno, podemos recuperar parte de esa frescura ante el entorno de trabajo.

Esas personas pueden ser niños, adolescentes, jubilados, amas de casa o cualquier otro profesional que esté alejado del sector en el que estamos nosotros. Cuanto más alejado, mejor. Eso hará que su mirada sea todavía más fresca y novedosa.

Podemos invitarlos a ver la empresa y recoger así sus percepciones y preguntas, hacer un pequeño workshop o un desayuno colaborativo. Cualquier formato es válido siempre que cumpla el objetivo.

Si encontramos la manera de incorporar esa nueva visión a nuestro negocio, estaremos emulando la catálisis que hace que una sustancia acelere el proceso de otra. Nuestra sustancia aceleradora, es decir, nuestro catalizador, siempre será aquel que nos traiga un nuevo reto, una pregunta estimulante o incluso una propuesta de idea que podamos desarrollar.

 

Foto @slightly everything, distribuida con licencia Creative Commons BY-2.0

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