¿Una revolución de la productividad? No, creo que no

Nos empeñamos en decir que la productividad española está por los suelos (cuando hay diversos planteamientos que lo ponen en duda), que se trabajan pocas […]

Nos empeñamos en decir que la productividad española está por los suelos (cuando hay diversos planteamientos que lo ponen en duda), que se trabajan pocas horas, que la competitividad de las empresas está por los suelos y, sin embargo, seguimos entendiendo la forma de trabajar igual que hace 100 años, y lo que es más grave, seguimos midiéndola igual. Seguimos reprendiendo a nuestros empleados por trabajar sólo 8 horas, por no tener una sobrecarga endémica. Como se ha repetido hasta la saciedad:

¿Cómo esperas obtener resultados diferentes si sigues haciendo las mismas cosas?

La mayoría de las estrategias de productividad en el puesto de trabajo son tal cual fueron diseñadas por Frederick W. Taylor hace 101 años. ¿Gestionar matemáticamente la productividad? ¿El uso de la hora como medida de la productividad? ¿Los sistemas de incentivos? Todos ellos son planteamientos suyos.Taylor introdujo un avance sin igual en su momento, la organización científica del trabajo, que revolucionó el panorama industrial de la era haciendo un análisis sistemático de cómo podría mejorarse el trabajo del obrero para conseguir aumentar la productividad. De hecho, introdujo una idea que aunque ahora nos pueda parecer trivial fue absolutamente innovadora en la época: recompensar a los obreros por el trabajo realizado, es decir, empleando el trabajo a destajo, por pieza producida, como incentivo.

La única cosa que deberíamos cuestionarnos de su planteamiento es el contexto. ¿Por qué? En 1.911 fue un planteamiento revolucionario porque la mayor parte de la economía era industrial, y el grueso de la fuerza de trabajo era lo que se vino a llamar “cuellos azules”, es decir, trabajadores de cadena en empleos con bajo nivel de implicación creativa.

Pero el contexto ha cambiado: vivimos en una economía en la que el grueso de la fuerza laboral de la mayoría de los países del primer mundo trabaja en servicios. Ello implica ecosistemas competitivos donde lo que diferencia a una empresa de otra no es sólo la eficiencia con la que fabrica determinado producto (de hecho es un elemento que sólo produce discriminación negativa, no ventaja competitiva), sino un conjunto diferente de factores: la creatividad, el enfoque del servicio, la innovación o el diseño del producto.

Todas ellas son tareas que requieren a un tipo diferente de trabajador, el llamado trabajador de “cuello blanco”: trabajadores cuya labor está en permanente reinvención y de los que se espera creatividad, capacidad de aprender materias de las que jamás habían oído hablar, de adaptarse a cambios cada vez más rápidos, es decir, se busca un trabajador completamente opuesto al trabajador de “cuello azul”.

Y, sin embargo, seguimos planteando nuestra forma de entender, medir y recompensar la productividad igual que hace 100 años, lo que resulta un poco aberrante, ¿no? Creo que ha llegado el momento de que no sólo entendamos sino que interioricemos que las horas que dedica un trabajador no son el factor más importante ni de lejos para la productividad de la empresa.

Ahora la productividad (y recordemos que no se trata de una cadena de montaje), el largo plazo y la sostenibilidad deben ser las nuevas variables que guíen nuestras decisiones (sin descuidar el corto plazo, por supuesto). De hecho, trabajar muchas horas resulta crontraproducente y negativo para la creatividad. Es necesario cuestionarse permanentemente si la tarea que estamos haciendo es la que deberíamos hacer (en lugar de hacer de forma admirablemente eficiente una tarea inútil). Ha llegado el momento de cuestionarnos qué valoramos, de pensar qué es importante y qué no en productividad:

  • Trabajo presencial
  • Esfuerzo
  • Producción
  • Productividad

Creo que ha llegado el momento de comenzar a trabajar de otra forma, de dejar de medir la productividad a corto plazo y valorarla de forma global y a medio/largo, ya que será en ese plazo cuando podremos valorar crecimientos auténticamente sostenibles. Como suele decir Máximo Neira,

“Lo que no se piensa con la cabeza se aguanta con la espalda”

Pero esto no pretende ser un brindis al sol. Estamos en un momento muy crítico de la economía española, donde no podemos sentarnos a discurrir sesudos planteamientos estratégicos a largo plazo, porque el corto plazo tiene unas necesidades acuciantes. ¿Significa eso que lo anterior nos lo debemos plantear en mejores tiempos? No, significa que:

Tenemos que trabajar más duro, tenemos que trabajar más tiempo, pero sobre todo tenemos que trabajar de forma más inteligente.

 

Foto: ©lmbernhardt71, distribuida con licencia Creative Commons BY-2.0.

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