El síndrome Bowie aplicado a las pymes

A estas alturas estoy convencido de que, quien más, quien menos, tiene claro que la creatividad y la innovación han dejado de ser una opción […]

A estas alturas estoy convencido de que, quien más, quien menos, tiene claro que la creatividad y la innovación han dejado de ser una opción en el mundo empresarial para convertirse en algo totalmente necesario. Las empresas, hoy más que nunca, intentan generar nuevas y valiosas ideas que las hagan más competitivas. El problema es que muchas veces el proceso creativo no acaba de fluir, bien por llevar demasiado tiempo pensando y trabajando de un mismo modo, o bien por haberse agotado las ideas. El caso es que es bastante probable que muchas organizaciones se estanquen y, por tanto, se repitan continuamente.

Los artistas y los músicos no son ajenos a ese proceso creativo. Al ellos también les resulta difícil seguir siempre en, digamos, la cresta de la ola. Innovar y seguir gustando a nuestro público no es una misión fácil. Muchos de ellos viven una época dorada solo unos años concretos, mientras que otros permanecen toda su carrera activos y productivos como el primer día.

Uno de esos músicos es David Bowie. Bowie empezó su carrera con un disco homónimo sonando como muchos de la época, entre un crooner y un cantautor pop. No tuvo demasiada repercusión. Dos años después se reinventaba como un autor más profundo con el famoso Space Oddity. Fue un éxito inesperado. Un año después publicaba un nuevo trabajo. Uno podía pensar que, debido al éxito del año anterior, seguiría explotando esa línea. Pero no. Bowie nos sorprendía con The man who sold the world, un trabajo basado en el rock duro y oscuro que sus coetáneos estaban inventando. Esto le hizo bajar un poco en popularidad, pero un año después teníamos un nuevo trabajo. Y, tal y como se esperaba, el disco no se parecía a ninguno de los anteriores. Hunky Dory era pop, con homenajes a sus ídolos de entonces (Andy Warhol, Bob Dylan y Greta Garbo) y lleno de hermosas y heterogéneas canciones. Tuvo el mayor éxito hasta la fecha. Tan solo un año después salía al mercado su nuevo disco, The rise and fall of Ziggy Stardust. ¿Qué nos deparaba Bowie en esta ocasión? ¿Pop, hard rock, folk, psicodelia? No, todo eso ya lo había hecho. Aunque solo habían pasado cinco años desde su primer trabajo, el artista volvía a sorprender inventándose un alter ego, un personaje venido desde Marte para transmitirnos un mensaje. Los fans enloquecieron y casi lograron que el propio Bowie perdiera la razón al empezar a confundir su personaje con su yo real.

Al año siguiente apareció con un nuevo personaje. Al siguiente, ya agotada su creatividad, se mudó a Filadelfia donde, inspirado en la música soul de la zona, lanzó su siguiente disco. Se mudó a Los Ángeles, y de allí a Berlín, donde editó tres discos inspirados en la música electrónica de la ciudad. Y así podríamos seguir hasta 2003,  año en que lanzó su último trabajo hasta la fecha.

Bowie ha sido bautizado como El Camaleón del Rock, por haber tocado casi todos los géneros posibles como el Folk, el Hard Rock, la Electrónica, el Soul, el Glam, el R&B, el New Wave, el Dance, el Pop y el Art Rock, por mencionar algunos, y por haber demostrado su gran capacidad para adaptarse muy convenientemente a todas las nuevas tendencias por las que fue transitando.

El síndrome Bowie hace referencia a la capacidad que tienen las organizaciones de reinventarse y adaptarse a los cambios a través de la innovación. Aquellas que están afectadas por el síndrome poseen las siguientes 10 características:

  1. Incapacidad de seguir haciendo lo mismo, por muy bien que funcione.
  2. Necesidad de reinventarse continuamente aunque el entorno no lo fuerce.
  3. Apertura mental hacia nuevas tendencias y modos de trabajo.
  4. Permeabilidad total con el entorno, dejándose influenciar por lo que hay más allá de uno mismo o su organización.
  5. Inconformismo ante lo convencional y popular.
  6. Alta capacidad para arriesgarse, para estar en versión beta.
  7. No intentar complacer a todo el mundo.
  8. Coherencia con el trabajo realizado y conexión de valores organizativos.
  9. Humor: se ríen de sí mismas si es necesario.
  10. Alta energía. Cualquier cambio implica una gran cantidad de energía.

Estas son las principales características de organizaciones tocadas con este extraño y a la vez atractivo síndrome. Son las empresas del futuro.

Foto @Hunter-Desportes, distribuida con licencia Creative Commons BY-2.0

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