MOOC, la cara oculta de la formación masiva y gratuita

“Estos cursos definirán la educación del futuro” fue una de las conclusiones con las que se encontraron quienes se dieron cita en la Universidad Carlos […]

“Estos cursos definirán la educación del futuro” fue una de las conclusiones con las que se encontraron quienes se dieron cita en la Universidad Carlos III, donde a mediados de este año se celebró la EMOOCS 2017 Conference, un evento singular y coincidente con la reunión anual de la comunidad Open edX, actos que ponen de relieve la relevancia del fenómeno MOOC (Massive Online Open Courses).

Así, transcurrido el tiempo, y haciendo balance de lo que prometía ser una magnífica solución al servicio del aprendizaje autónomo y, por ende, para la generación de talento con fines empresariales y para el aumento de capacidades en el conjunto del país, me vuelvo a preguntar por la generación de valor social –‘contante y sonante’- de estos programas. ¿Qué percepción tengo ahora de ellos? ¿Nos han servido para encontrar trabajo? ¿Confía el empresariado en este tipo de certificaciones? ¿Incrementan el nivel de empleabilidad del alumnado? ¿Solucionan el problema de la escasez de talento? ¿Serán, como vaticinan los analistas, la única solución formativa para quienes corren riesgo de perder sus trabajos? Considerando el informe “El futuro del empleo y la capacitación laboral”, publicado por el Centro de Investigación Pew, también me interrogo sobre si la formación masiva podrá hacer frente a las nuevas demandas educativas instadas por la creciente automatización de los trabajos.

Estas y otras preguntas han encontrado diferentes respuestas en numerosos artículos, de opinión y científicos, pero con independencia de los resultados a los que he tenido acceso, y por la experiencia que me asiste como usuario de tales alternativas formativas, llevo un tiempo reflexionando sobre lo que vengo denominando el “d’Efecto MOOC”, o lo que es lo mismo, la sospecha de la existencia de una nueva modalidad de perversión del significado de la formación, que en este caso encuentra cobijo al rebufo de dicho fenómeno de masas. Lo cual interpreto como un daño colateral que, ya sea involuntaria o intencionadamente, se ha producido a la sombra de los Cursos Online Masivos en Abierto (en español, COMA) al posibilitar obtener determinados beneficios a algunos de los actores incursos en la producción de estas ofertas, sirviendo a otros propósitos que nada tienen que ver con la finalidad -esencialmente educativa, profesional o social- que alumbra tales cursos. Antes de proseguir, declararé, para dejar nítida mi posición, que me significo a favor del autoaprendizaje, por lo que considero muy positivamente las metodologías docentes que lo posibilitan.

 

Anverso: ventajas indiscutibles de los MOOC

Nadie podrá dudar, o eso creo, de las oportunidades que brindan los programas formativos abiertos para el alumnado. Ventajas muchas veces loadas por tantos: accesibilidad, gratuidad, democratización o socialización y deslocalización del aprendizaje, libertad de agenda y flexibilidad de acción, autodirección formativa, aprendizaje horizontal, complementariedad educativa, enriquecimiento vía diversidad, amplificación de miras y otras más entre las que no se pueden olvidar la posibilidad de acceder a contenidos de probada calidad, creados por reputados docentes, ni la experiencia que supone incardinarse en determinados programas avalados por prestigiosas universidades.

Ahora bien, no hay que dejar de reconocer que, desde el punto de vista institucional, han supuesto la posibilidad de obtener otros beneficios indudables: incrementar la presencia social de los centros educativos -públicos y privados- que no han dudado en sumarse a esta oleada instructiva, ofertar alternativas educativas que permiten diferenciarse y, por ende, posicionarse en determinados ámbitos académicos. Tales programas también proporcionan publicidad nacional e internacional, posibilitando superar -con pasmosa facilidad- las barreras locales e incrementando el prestigio de las universidades; las inscripciones de los alumnos suponen la adquisición de cuantiosa información sociodemográfica susceptible de incorporarse a bases de datos de consumidores potenciales, lo que también significa una ocasión de crecimiento y, por no citar otras fortalezas, las certificaciones de pago se traducen en una fuente de ingresos. En suma, la oferta MOOC podría parecer altruista, pero en realidad no lo es; detrás de tales propuestas hay concebido un modelo de negocio que, como es lógico, busca retornar la inversión. Pero todavía cabe preguntarse qué han supuesto los MOOC para el estamento docente. Un profesorado sujeto a las reglas de crecimiento propias del ambiente académico.

 

Reverso: desventajas discutibles de los MOOC

El distanciamiento existente entre universidad y empresa no es un problema nuevo. Como tampoco es una novedad que las empresas, debido a la imperiosa necesidad de adaptación a los cambios, van muy por delante de las universidades. De hecho, esta es una de las reivindicaciones tradicionales del empresariado: que el Sistema Educativo les provea de profesionales bien formados de acuerdo con las necesidades del momento. Deficiencia que, a pesar de la reforma educativa auspiciada por el Plan Bolonia, se sigue traduciendo en la escasez de estudiantes capacitados para dar respuesta ante necesidades emergentes y para las que se precisa definir nuevas profesiones y que, en ocasiones, obliga a las empresas a subsanar dicha laguna mediante la concepción y ejecución de sus propios planes de entrenamiento. Prevalece todavía, en las aulas universitarias una educación más teórica e histórica que innovadora e investigadora, lo que ’fabrica’ graduados y posgraduados instruidos, pero no provistos del raudal de competencias que las nuevas realidades empresariales acucian. Asunto que ha venido preocupando seriamente y que ha dado lugar a numerosas alianzas (algunas bajo la forma jurídica de fundación) inspiradas en el propósito de acercar el mundo educativo al terreno profesional, no siendo ahora una novedad la instauración de parques científicos que actúan como pasarelas entre universidades y empresas.

La valoración de la docencia superior, instada para garantizar la calidad educativa de enseñanzas, profesorado e instituciones, adopta para los docentes universitarios la fórmula de acreditación. En síntesis, un programa de evaluación que alinea méritos y puntos debidos a la actividad docente o profesional, a la experiencia investigadora, a la publicación de libros o capítulos de estos, a las publicaciones científicas en revistas (preferentemente indexadas con ICR -índice de calidad relativo-) y a la regularidad de las publicaciones, a la participación en congresos, conferencias o seminarios, al tenor de proyectos y contratos de investigación y por la dirección de tesis doctorales. En fin, que en el ámbito universitario lo que más valor alcanza no es la dirección comprometida de la educación de los estudiantes, un aspecto que queda relegado a la anécdota en tales evaluaciones y que no permite alcanzar el prestigio que otorgan el resto de las mencionadas actividades no lectivas. Una situación que, en algunas ocasiones, podría haber provocado la puesta en servicio de ciertos MOOC de muy baja calidad, resultando inexplicable si no fuera porque trasladan la impresión de haber sido armados y distribuidos para incrementar el currículo de sus creadores.

Otra cuestión que empieza a suscitar polémica, y que pone en cuestión la calidad de este tipo de formación masiva, es la preocupante tasa de deserción de los participantes en estos programas, dato que los estudiosos cifran, en términos medios, por encima del 90% del alumnado inscrito y en contraste con la tasa de finalización, que supone menos del 10% y un promedio de alrededor del 7% o del 8% en los mejores casos. Cuestión en la que naturalmente influyen numerosas variables, subjetivas y objetivas, pero que no cabe duda que arroja una extensa sombra sobre la pretendida calidad de la puesta en servicio de esta metodología.

 

Mínimos criterios de calidad

Los estudios que conozco se dirigen mayoritariamente a considerar aspectos cuantitativos ligados al fenómeno MOOC. Entre otros datos, los investigadores se han preocupado de cifrar el volumen de cursos, las características sociodemográficas de los estudiantes, el tipo de demanda, el número de inscripciones, los índices de participación en foros, las tasas de deserción y finalización, las certificaciones descargadas y abonadas. Y han sugerido diferentes medidas de mejora. Con todo, se echa de menos disponer de elementos cualitativos que permitan conocer el aprovechamiento real de estas acciones. No sabemos, por ejemplo, el nivel de progreso que han proporcionado a las personas ni dichos indicadores dan respuesta a las preguntas que me planteaba en la introducción. ¿Cuál está siendo la traducción de estos programas a valor social?

Hay MOOC de baja calidad que no se comprende que estén respaldados por la prestigiosa institución que los avala. Luego, se requiere identificar filtros efectivos para no ofrecer cursos que reiteran contenidos pobres y desactualizados, que se fundamentan en viejas ponencias usadas una y otra vez, expuestas en congresos de hace años, que no están correctamente administrados y que se encuentran faltos de orientación y supervisión efectivas. Hay programas en abierto para los que el refrendo de la institución se ha demostrado que no ha sido suficiente garantía de calidad.

Ninguna acción formativa puede concebirse como una sucesión de informaciones más o menos ordenadas. El aprendizaje hay que planificarlo, tiene que ofrecer guías docentes, requiere aportar contenidos actuales y relevantes, interesantes y lúdicos, necesita complementarse con otros recursos didácticos y ha de contar con un escenario de ensayo para la realización de actividades o prácticas que permitan poner en acción los conocimientos adquiridos. Diseño de contenidos e itinerarios de aprendizaje, además de cumplir con criterios de trazabilidad y de usabilidad, tienen que concebirse de acuerdo con las competencias a desarrollar, que es la finalidad que justifica mantener el compromiso con la acción formativa. La capacitación del profesorado para adoptar esta modalidad educativa es requisito incuestionable.

Debido a las peculiaridades de los MOOC, la responsabilidad educativa no puede depositarse en el alumnado, ni solo en el autoaprendizaje ni tampoco puede justificarse por la vía de la educación a instancia de pares. La generación del aprendizaje requiere orientarse, conducirse, dirigirse y para ello es necesario contar con un equipo tutelar que formalice seguimiento y supervisión de actividades, reconduzca intervenciones, aporte respuestas, sugiera iniciativas didácticas, anime la producción colectiva y corrija desatinos. La ausencia de tutorización efectiva, la falta de feedback docente, suele ser un mal endémico en no pocos de estos programas.

A diferencia de la educación superior, la ausencia de requisitos y la gratuidad es la nota dominante para inscribirse en un MOOC. Podrán informarse los conocimientos mínimos deseables de cara a procurarse un aprovechamiento de la formación, pero la no exigencia de condiciones formales, como superar un examen previo o contar con otras acreditaciones académicas, no es ni más ni menos que una total ausencia de barreras que deteriora la autoselección de los participantes y que puede influir en el empobrecimiento del proceso, en su nivel de profundización en los contenidos materia de estudio o en el grado de especialización que podría procurar.

Por definición, otra de las características bipolares de estos programas es la masificación; es decir, que lo que de alguna manera es beneficioso también puede ser motivo de perjuicio y viceversa. Si la participación del alumnado es baja, el resultado será de muy escaso valor, pero si el grado de interactividad es elevado, la sobrecarga de información se puede convertir en un problema grave, tanto para los participantes como para los docentes. Luego la planificación de actividades y la organización de los hilos de discusión son cuestiones que también tienen que estar previstas. Disponer de infraestructura técnica con capacidad, contar con herramientas de comunicación adecuadas al fin, establecer los usos correctos de las mismas, mostrar la importancia de etiquetar los mensajes, fijar criterios para la racionalización de las intervenciones, reducir los márgenes de tiempo para introducir orden y respuestas a consultas son algunas de las cuestiones a tener en cuenta para no sucumbir ante la multiplicación de las interacciones.

Siendo discutible la efectividad de los cursos masivos para la generación de competencias profesionales y albergando dudas razonables sobre la calidad de este tipo de provisión de conocimientos, no es de extrañar que todavía no estén revestidas de valor las acreditaciones MOOC -gratuita o de pago-. En ninguno de los casos tienen validez legal académica u oficial. Haber superado uno de estos cursos no supone garantía alguna y su valor de cara al empleo es ninguno.

En resumen, cuando la principal necesidad de los profesionales consiste en adaptarse a los sucesivos cambios que caracterizan el panorama actual, manteniendo vigentes sus cotas de empleabilidad, la competencia más valorada pasa a ser la capacidad de aprender a aprender, un proceso continuo y sin interrupciones, a lo largo de la vida, que requiere ser capaz de liderar con eficiencia el propio aprendizaje. Desarrollar dicha meta-competencia es una responsabilidad inalienable de los individuos y es un imperativo implícito a cualquier sistema de enseñanza que se precie.

Y si, como aseguran los expertos, “los MOOC han venido para quedarse”, a mí no me cabe duda de que su futuro dependerá de la evolución que experimenten hibridando soluciones que subsanen sus actuales deficiencias. Y, posiblemente, cambiando radicalmente su concepción actual. Como poco, intuyo que tendrán que encontrar la medida para aunar masificación y personalización, que han de poder acortar el distanciamiento entre promesas y efectividad real, que deberán reputarse como fórmulas educativas suficientemente solventes y que tendrán que conseguir legalizar académicamente las acreditaciones que expidan ante un mercado de trabajo cada vez más exigente. Y también me parece muy probable que, para soportar este tipo de formación de calidad, haya que encontrar otras fórmulas de financiación y de retorno. En mi opinión, gratuidad y calidad es difícil que puedan subsistir de la mano.